
Venancio Silvio Colmán
Una lucida mañana
de tibia primavera
divagaba por la playa
de la bella Encarnación
en la mágica red de tus pestañas
quedo prisionero mi corazón.
En el espejo del alma
veo tu imagen pasar
siento un dulce deseo
arrojarme en tus brazos
y tus labios rojos besar.
Capullito perfumado
de mi jardín de ilusión
llevo tu divina imagen
prendida en mi alma
y tu nada sabias
de mi sueño de amor.
Ven lejana amada mía
para siempre a mi lado.
juntemos nuestras almas
y en un instante divino
sellar nuestro amor
y tú serás mi reina
y yo seré tu esclavo
y juntos construiremos
un altar para los dos
y ya no habrá distancia
que pueda separarnos
sólo el mandamiento de Dios.
Yo no se tu nombre
yo no se quien eres
ni de donde vienes
ni para donde vas.
surgiste en mi camino
luminosa y bella,
cual lejana estrella
en su marcha fugaz;
iluminando un instante
con su fulgor de aurora
el horizonte sin luz
de mi amarga soledad.
Y sigo esperando
tu feliz retorno
pero tú no apareces
y mi alma se agobia
de profunda tristeza
por tu larga ausencia,
y esperar y esperar.
después de mucho tiempo
nos reencontramos lo dos,
el fuego abrasador
de tus ojos bellos
de nuevo me impacto.
Dialogamos largo rato,
hablamos de nuestras
glorias futuras,
de nuestro cielo iluminado,
de estrellas de esperanza,
dando a nuestras palabras
la fuerza de un juramento
y la mutua promesa
de amarnos para siempre.
Te pregunte por tu nombre
que hasta entonces no sabia.
me dijiste tiernamente
que tu nombre era María.
y nuestros dos corazones
se adivinaron gemelos
y nuestras dos almas
se abrazaron en el jardín
de nuestro sueños
identificados por un
mismo ideal: el AMOR.
Y nos amamos tiernamente,
apasionadamente,
cristalizando nuestro
más hermoso sueño
ante el altar de Dios
de la iglesia de Posadas.
El tiempo sigue su marcha
y el paso de los años
inesperadamente
ha desperfeccionado
nuestros físicos
y destruido los tesoros
de nuestra juventud.
pero el amor no tiene edad
y la vida siempre es primavera
cuando existe ternura
amor y salud.
Venancio Silvio Colmán
El autor de este poema dedica con todo cariño a su querida esposa María Luisa Etcheverry, como un ramillete de dulces recuerdos de muchas realizaciones felices de dos almas unidas por un solo pecho y un solo corazón.